El vídeo ha corrido por toda la red, convirtiéndose en protagonistas de telediarios, periódicos digitales y, por supuesto, redes sociales. La escena tuvo lugar en la costa de Río de Janeiro (Brasil). Mientras un grupo de bañistas disfrutaba de un día de playa que debería haber sido como cualquier otro, sucedía lo siguiente:
Las imágenes, sin duda, emocionan.
A mí personalmente me ha resultado imposible no imaginar que hubiera hecho yo estando en su situación, llegando a la conclusión de que la mayoría (o así quiero pensar) reaccionaríamos del mismo modo que esos anónimos protagonistas que se hallaban en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Curiosamente también se me ha hecho inevitable el no rememorar aquella experiencia que pudimos vivir en septiembre del 2011 de la mano de una asociación que lucha por la conservación de los cetáceos y que aunque para ambos fue especial, para mí supuso cumplir un auténtico sueño: avistar delfines en su hábitat natural. Y todo gracias al nene, a quien no le importó madrugar y hacerse más de 200 kilómetros en un día de nuestras vacaciones en Sanlúcar de Barrameda para poder acercarnos a Tarifa, lugar desde donde en principio salía el barco, y darme así el capricho de mi vida.
La situación estuvo un poco accidentada al principio, ya que hacía muchísimo viento y el viaje tuvo que retrasarse varias horas, trasladándose la salida a Algeciras, pero diría que, pese a la angustia de no saber si al final saldría la cosa adelante, todo mereció la pena.
Por desgracia nuestras cámaras no son lo suficientemente buenas como para hacer unas fotografías con una calidad medio aceptable, pero lo cierto es que no me hacen falta. Sé que es una vivencia que jamás olvidaré. Y es que creo que viéndoles chapotear a nuestro lado, jugar entre ellos, saltar y salpicarnos o nadando junto a sus crías me sentí más viva que nunca.
¿Qué tendrán estos animales que tanta empatía nos despiertan?
A mí personalmente me ha resultado imposible no imaginar que hubiera hecho yo estando en su situación, llegando a la conclusión de que la mayoría (o así quiero pensar) reaccionaríamos del mismo modo que esos anónimos protagonistas que se hallaban en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Curiosamente también se me ha hecho inevitable el no rememorar aquella experiencia que pudimos vivir en septiembre del 2011 de la mano de una asociación que lucha por la conservación de los cetáceos y que aunque para ambos fue especial, para mí supuso cumplir un auténtico sueño: avistar delfines en su hábitat natural. Y todo gracias al nene, a quien no le importó madrugar y hacerse más de 200 kilómetros en un día de nuestras vacaciones en Sanlúcar de Barrameda para poder acercarnos a Tarifa, lugar desde donde en principio salía el barco, y darme así el capricho de mi vida.
La situación estuvo un poco accidentada al principio, ya que hacía muchísimo viento y el viaje tuvo que retrasarse varias horas, trasladándose la salida a Algeciras, pero diría que, pese a la angustia de no saber si al final saldría la cosa adelante, todo mereció la pena.
¿Qué tendrán estos animales que tanta empatía nos despiertan?









