Ha sido un verano largo, por momentos aburrido y por otros increible. He tenido tiempo para ver el mar, darle el último empujón al carnet de conducir (¡por fin!), limpiar la casa a fondo y hasta para echar de menos el trabajo (algo de lo que pronto me arrepentiré, seguro). También he reflexionado y he llegado a plantearme la necesidad de ciertos cambios que no sé si algún día seré capaz de realizar en mi vida, pero ese es otro tema.
El caso es que ya no queda nada para la vuelta al curro y la sensación que me invade el cuerpo en estos momentos no es muy diferentes a aquella que sentíamos con la vuelta al cole de pequeños: nervios, ilusión, curiosidad, algo de pereza...
Supongo que se trata de eso que los expertos llaman síndrome postvacacional.






















